En la plenitud de los tiempos

¡Queridos hermanos y hermanas!

«En la plenitud de los tiempos Dios envió a su hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley» (Gálatas 4:4). Con esta breve pero sustanciosa frase San Pablo resume el misterio de la encarnación.

Notemos primero el tiempo pasado. San Pablo ve el nacimiento de Cristo en la luz de la promesa de Dios a Israel seis siglos antes cuando Isaías profetizó: «El Señor mismo os dará una señal; he aquí, una virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel» (Is. 7:14). Por lo tanto, la virgen María al dar a luz a Jesús en Belén, pone de manifiesto que Dios, llegado el momento siglos después, actuó para cumplir su plan divino.

Esto es en sí mismo una afirmación asombrosa. A primera vista los hechos que componen la historia humana pueden parecernos un flujo de tiempo sin sentido. Pero ahora se nos dice que hay un significado inherente a todo, pues misteriosamente unida con lo que sucede, entonces y ahora y en el futuro, también se encuentra, oculta, la historia de nuestra salvación. Al final Dios tiene el destino del mundo entero en sus manos.

Pero la segunda idea que se extrae es aún más asombrosa. A pesar de haber nacido de una mujer humilde en un establo, el niño Jesús es Hijo de Dios. En él el Logos divino se ha hecho hombre. Compartiendo la condición humana, nuestro Salvador es nuestro hermano: «La gracia de Dios», explica san Pablo, es «el libre el don en la gracia de un hombre, Jesucristo, que abundó para los
muchos» (Romanos 5:15).

¿Quién es entonces María? Sirviendo voluntariamente al propósito de Dios, se llama a sí misma una «sierva humilde» pero por otros es aclamada como «la Madre de los Señor». Ella es «bendita entre las mujeres, y bendito el fruto de [su] matriz» (Lc 1, 38, 42s). Todo lo que el Señor había dicho por medio del profeta se hace realidad en ella. Su hijo Jesús es el signo del Emanuel – «Dios con nosotros» (Mateo 1:22).

Por esto, cuando los magos de oriente llegaron a Belén y vieron al niño Jesús en el pesebre, «se postraron y le adoraron. Y cuando abrieron sus tesoros, le presentaron regalos; oro, incienso y mirra» (Mt 2,11). Del mismo modo, el mensaje para nosotros en el día de Navidad es que debemos abrir nuestro corazón a Jesús y adorarlo. Entregándonos nosotros mismos como regalos. De esta manera, a pesar de todo lo extraño y cosas problemáticas que suceden a nuestro alrededor, podemos entrar con confianza nuestro propio lugar en la historia de la salvación.

¡Bendita Navidad!

Monseñor Roald Nikolai Flemestad
Obispo de la Iglesia Católica Nórdica
Académico de Honor de la Academia Teutónica Enrique VI de Hohenstaufen

 

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